Olvidado

Hace año y medio mi padre dejó de estar físicamente entre nosotros. Siempre tuve miedo de que alguien me faltase y de como me sentiría conviviendo con una ausencia y no deja de ser curioso: al final es verdad que si recuerdas a esa persona cada día, no se va, sigue estando contigo.

Con las personas que se van hay que hacer un ejercicio de recordar para que no se vayan del todo, porque es cierto que una vez que son olvidadas, ya su muerte es total. Pero ¿qué pasa cuando las personas que no son recordadas no se han muerto aún?

Cada día escucho noticias de personas que mueren solas porque nadie sabía nada de ellas ni se preocupaba por ellas durante años. Solo son noticias cuando su cadáver momificado aparece… incluso hacen discos sobre eso.

La pandemia ha hecho que muchas personas estemos en proceso de ser olvidadas. De pronto abrazar, acercarse, acariciar, tocar o simplemente sentarse junto a alguien es algo prohibido y peligroso. Son muchos los talibanes del confinamiento y la restricción que proclaman en todo momento que hay que meterse en casa y prohibir a los humanos cualquier acto de socialización… por supuesto lo dicen desde lo confortable de sus casas y la compañía de sus familias. Pero hay personas que vivimos solas y la pandemia nos está complicando de sobremanera el poder tener un mínimo de socialización… corremos el riesgo de ser olvidadas.

Estos días me acuerdo de aquellos felices años en los que iba a trabajar a una oficina, hablaba con compañeros con los que me iba a desayunar y a comer. Reía. Los ratos con los amigos eran igual de gratificantes.

Ahora lucho por no ser un olvidado más.

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2020: ¿De verdad ha sido un año de mierda?

A veces siento que tengo el paso cambiado con la sociedad.

Reviso mis posts de fin de año de los últimos 5 años y veo que en general, son balances de años de mierda. Luego hablaba con la gente y todo el mundo me decía “ah pues no, para mi ha sido un año genial!” y luego llega 2020.

Este año una pandemia ha hecho realidad eso de las plagas bíblicas y el consenso es indiscutible: 2020 ha sido un año de mierda (¡que le den a 2020! dicen algunos anuncios) y entonces yo digo… ¿en serio? (con todo el respeto a aquellas personas que han sufrido y han perdido a tantos seres queridos por culpa del maldito virus)

2020 nos ha quitado muchas cosas y nos ha hecho ir por la calle con mascarilla (y en mi caso, con las gafas empañadas). También nos ha hecho ver noticias horribles de muerte y enfermedad que nadie se imaginó ni remotamente. Pero decía el Dalai Lama que en los momentos de más oscuridad es donde hay que esforzarse en ver la luz y 2020 me ha dado un tiempo de estar conmigo mismo que este ritmo de mierda que nos impone la sociedad y ese “miedo a perdernos algo” me había impedido los años anteriores.

No es que yo quiera que esto siga así ni mucho menos… estoy deseando volver a ir a conciertos donde pueda arrimarme a la gente sin temer y estoy deseando volver a ver las ciudades con la vida que tenían antes. Y por supuesto, deseo que nadie más se contagie de este maldito virus que nos ha invadido. Y cierto es que el 2020, nuevamente, no me ha traído suerte en el amor.

¿Pero ha sido todo tan malo? en lo que a mi respecta, hay cosas que no. ¿Que podría haber sido mejor? eso siempre… pero igual esa capacidad de hacer limonada de los limones que me da la vida en muchas ocasiones me ha ayudado más de lo que me esperaba.

Quiero y deseo que en 2021 la vida sea un poco más fácil de lo que ha sido para el común de los mortales en 2020… pero con que me traiga ese huequito de crecimiento interior que tanto me ayuda me conformo. Y lo que venga de más, bienvenido será.

Venga lo que tenga que venir… ¡¡Feliz 2021!!

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La FNAC del Centro

La FNAC del centro de Sevilla dejó de existir hace casi dos años. Ahora están haciendo un hotel. Ya no tengo mi sitio predilecto para ir a mirar discos los sábados por las mañanas después de desayunar en el Piola.

Steven Wilson se casó y ahora es feliz. Ya no tengo quien me haga discos depresivos para poner banda sonora a mis bajonas.

En la rejilla de las apps de citas ya todos me conocen (y yo los conozco a todos) y ya no nos hablamos. Ya no tengo futuros maridos con los que imaginarme una película de sobremesa ñoña.

Mis guitarras tenían una costra de polvo que pa qué… el piano lo uso de estantería. Y con esto del Covid que tiene los locales de ensayo cerrados y de que los casi cuarentones no quedamos bien en una banda de principiantes, nadie responde al anuncio que puse en SoloMusicos. Ya no tengo posibilidades de ser una bigstar que componga la canción que haga a España ganar Eurovisión.

Ahora gano más dinero… y me dicen que soy demasiado caro si no estoy dispuesto a permitir que cada día de curro me agrande la úlcera del estómago. Ya queda poquito de ese que se creía que sería Bill Gates cuando entró en la facultad.

Y con tó y con eso, me dicen que tengo que sacar la motivación de mis adentros.

Y que aún soy joven.

Tócate los cojones.

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Músicos que sabían que el mundo era gilipollas

Talk Talk. En busca de la esencia. ROCKDELUX (2008)He de reconocer que hay una parte de mi que no quiere que esto de la cuarentena acabe. De pronto me he vuelto una máquina de hacer cosas que antes no tenía energía para hacer. Aún me pregunto si cuando llegue eso que los políticos han llamado “nueva normalidad” (término aterrador donde los haya) conservaré este impulso que estoy teniendo estos días.

De entre las muchas cosas que hago, como por ejemplo, desarrollar software por puro placer, colorear Mandalas, escribir canciones y grabar otras cuantas de forma cutre y casera (no, no me ha dado por hacer pan ni por seguir a monitores de fitness por youtube), también me ha dado por escribir. Escribo un diario, a ver si un día me lo publican como el de Ana Frank. Y tenía pendiente escribir en el blog y retomar algo que hacía antiguamente en él: hablar de música.

Hoy he visto una entrevista a un cantante famoso entre los Millenials en la tele. Un chico el cual se ha autodefinido como “cantante”, “famosete” y ha mostrado un trozo de una de sus maravillosas creaciones: tunear una canción de Rosario Flores con toneladas de autotune sobre su voz. Evidentemente y sin pretensión de señalar a nadie, esto me ha llevado a mi siempre amado e insaciable lado hater y me ha hecho recordarme dos cosas:

  1. El mundo está lleno de gilipollas.
  2. El coronavirus ha traido una sola cosa buena: le ha dado un ostión en toda la cara a todo el gilipollismo que inundaba al mundo y lo ha desterrado de las calles (bueno… si bien este se ha refugiado en el mundo virtual, pero que se quede ahí y tan a gusto).

Y de pronto han venido a mi mente algunas personas que lograron ser algo grande en la música y protegerse a si mismos, a su arte y en cierta medida a sus oyentes del gilipollismo que imperaba en el mundo en que los rodeba (el mismo que antes de que el bendito coronavirus se lo cargase de un plumazo, inundaba festivales lleno de musica infame y postureo de mierda). Me gustaría hablar de algunos de ellos:

  1. Mark Hollis: Fallecido hace poco más de un año (respecto a la fecha de este post). Mark Hollis era el lider de una banda de culto de los 80 llamada Talk Talk. Este señor, además de tener una capacidad de composición portentosa, se la coló al mundo de la mejor manera que se pueden hacer estas cosas: dándole de su propia medicina. En una década llena de pop con sintetizadores y grupos que a veces rayaban la horterada, Hollis y su banda decidieron entrar en la música a través de esa vía pero con canciones de una complejidad y profundidad nunca vista (escuchen el album It’s My Life como perfecta síntesis de esto que digo). Y tras petarlo como ninguno, consiguieron que las discográfica les diese carta blanca en los siguientes discos: de los sintetizadores pasaron a la improvisación con instrumentos reales y tras un disco sofisticado, pero ciertamente facil de oir (el grandioso The Colour Of Spring), lanzaron un par de discos totalmente anticomerciales y llenos de improvisaciones y capas de sonido que hoy en dia están considerados como cruciales en la creación del Post-Rock (Spirit of Eden y Laughing Stock). Tras hacer esto, el bueno de Hollis había dicho todo lo que tenía que decir en la música, desapareció por completo (solo tuvo un fugaz retorno en 1998 con un disco similar a los dos anteriores bajo su nombre) y se dedicó a la vida familiar y el anonimato. El estaba muy por encima de postureo y mierdas varias. Lo mejor sin duda era su caracter sarcástico: y buena fe de ello es este “intento” de videoclip de su tema Dum Dum Girl el cual, lo borda vocalmente y al mismo tiempo se chotea de todo… pero con clase: https://www.youtube.com/watch?v=nBcjrlg_WSY
  2.  Kraftwerk: En verdad hablar de ellos es un poco paradójico porque Ralph Hütter y Florian Schneider eran y son dos personas bastante raras, y de maneras que en cierta medidan rayan lo antisocial en muchos aspectos… pero que siendo uno de los grupos más influyentes salidos de la antigua Alemania Occidental, dedicasen absolutamente su vida y dinero a su Kling Klang Studio y a hacer música rompedora a cada disco, los cuales han sentado la base de muchísimos estilos musicales de hoy dia, en lugar de entregarse a los placeres de la fama y el dinero fácil es digno de puro reconocimiento. Si encima fueron capaces de dejar de hacer música cuando su disco Electric Café no tuvo el impacto de sus anteriores porque comprendían que ya habían aportado lo que tenían que aportar y era el momento de otras bandas, esto ya es puro ejercicio de dignidad e integridad. A día de hoy mantienen las giras (solo Ralph, Florian se bajó del carro hace una década), pero siguen igual de herméticos, misteriosos y en cierta medida, íntegros, que siempre.
  3. Madonna: Y aquí más de uno dirá ¿ein? ¿qué se ha fumao este? Bueno, Madonna está ahora en un momento que no calificaría de gilipollesco, sino de directamente lamentable. La diva trasnochada que no afinó ni una nota cuando fue invitada a cantar en Eurovisión y que se hace videos en una bañera de lujo con pétalos de rosa diciendo que el Covd19 es el “gran igualador” no merece estar en esta lista. Pero la Madonna de 1998 sí que se lo merece. Y es que antes de que se le fuese la pinza de manera (me temo) irreversible, Madonna tuvo una época de lucidez en 1998 que le hizo sacar uno de los discos más impecables de los 90: el inigualable Ray Of Light. Yo raramente soporto un disco de Madonna, aún menos si es de la última década… pero Ray Of Light es una delicia que se disfruta de cabo a rabo… donde hubo una Madonna que se dio cuenta de que lo mejor para hacer un disco en condiciones era tranquilizarse, mostrarse tal como era, sin personajes inventados ni postureos, sin sujetadores en forma de cono y cantando mejor que nunca. El video de Drowned World/Substitute for Love (tema que abre el disco) muestra esto a la perfección: https://www.youtube.com/watch?v=6rsdGjNWiIw

Y por ahora (y a estas horas) no se me ocurren más… pero en cuanto me vengan a la cabeza estos días espero que me de para otro post.

En el fondo la enseñanza que me gustaría sacar de esto es el auténtico valor que tiene el ser auténtico: conocerse a si mismo… saber lo que uno lleva dentro, lo que puede dar al mundo… y darlo. Sin más pretensiones. De ahí nacen cosas grandes.

Ánimo en esta cuarentena… y en lo que esté por llegar.

 

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Lo mejor que puedes hacer, es coger cualquier cosa que te venga

Sucedió un Domingo de Ramos.

Yo me paré en un soportal de la calle Fray Diego de Cádiz, una de las que dan a la Plaza del Pumarejo. Estaba pasando la Hermandad de la Hiniesta y la Virgen venía a lo lejos. Justo antes el cortejo se paró y una niña rubia, lindísima, que iba en el grupo infantil vestida de monaguilla me miró. Metió la mano en un cestito que llevaba, sacó un caramelo de cola y me lo dio. Sus padres, que podrían ser más o menos de mi edad, felicitaron a la niña y yo le di las gracias.

La noche anterior había tenido sexo. La persona con la que tuve sexo ya no está en mi vida. No llegó a estar mucho en mi vida… ni siquiera creo que llegase a estar verdaderamente presente durante aquella época, pero yo estaba enamorado como un quinceañero (en cierto sentido, yo era entonces un quinceañero de 33 años). Independientemente de la historia que rodeaba aquello, había sido una de las noches de sexo más bonitas de mi vida. Se puede decir que fue de aquellas veces donde verdaderamente “haces el amor” aunque probablemente el único amor ahí era el que estaba yo malgastando en una persona que no me amaba, pero da igual, fue maravilloso de todas maneras. Con toda esa energía vibrante en mi cuerpo, recibí aquel caramelo, y escuché “Madre Hiniesta” mientras pasaba la Hiniesta Dolorosa en su paso de palio. Una combinación muy peculiar para los que no entienden la idiosincrasia de Sevilla y de Andalucía en general… y para los que la entienden igualmente. Fue demasiado cúmulo de cosas bonitas en unas pocas horas, así que me puse a llorar.

Lloré de alegría, de agradecimiento, de que por una vez en la vida me sentía realmente feliz. Estaba tan agradecido que guardé aquel caramelo en mi cajita de recuerdos preciados: una que compré en un chino cuando vivía en Bami.

Después de aquel momento ocurrieron muchas cosas, no todas malas, pero las malas se comieron a las buenas… y he llorado mucho, demasiado quizá, pero no de alegría. Eso no se ha vuelto a repetir.

Hace algunos meses, poco después de haber perdido a mi padre, y en medio de uno de los momentos más bajos de mi vida, decidí comerme el caramelo de cola que me dio aquella niña y que con tanto mimo conservaba guardado… a ver si al menos podía saborear algún resquicio que quedase de aquel gran momento de alegría que tuve, el último hasta la fecha…

El caramelo estaba rancio.

Lo mastiqué, se me pegó entre los dientes, y me lo tragué con mucho trabajo. Una experiencia desde luego poco placentera.

Y pensé “joder, tendría que haberme comido el caramelo justo en el momento en que me lo dio la niña”

Ya lo decía la canción de Porcupine Tree: “The best thing that you can do, is take whatever comes to you… cause Time Flies” (Lo mejor que puedes hacer es coger lo que te viene, porque el tiempo vuela)

Mucho ánimo en estos días de confinamiento… todo pasará.

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2019: Roto, golpeado y marcado

Me gusta mantener las tradiciones y por eso vuelvo a escribir aquí, ahora que hace justo un año que escribí mi último post para despedir el pasado año.

2019 toca a su fin. Era un año que recibí con miedo, y tenía motivos para temerle. Ha sido un año malo, muy malo. Un año de visitas continuas al hospital, de malas noticias y de pérdida. He vivido por primera vez una pérdida, la de mi padre, y aunque es ley de vida ha sido muy duro.

Lo único bueno que me queda del 2019 es algo que trasciende al calendario: el amor de muchos que me rodean y el saber que están ahí. Sin ellos no habría podido sobrellevar esto.

No obstante, reconozco que ya la cicatriz es demasiado gorda… y sangra con demasiada frecuencia. Son muchos años ya de no ver color. Como he titulado el post, y como se titula la canción de Metallica, he acabado roto, golpeado y marcado.

No voy a echar de menos 2019, ojalá todo lo malo que ha traído se fuese con el cambio de fecha… sin embargo se que a veces, las cosas no dependen del año en que estemos. No sé que pedirle a 2020 la verdad… tengo las esperanzas muy mermadas, pero creo que es de recibo pedirle salud para mi familia y en especial para mi madre, y ojalá llegase algo que me devolviese la ilusión. O al menos que traiga tranquilidad. Ya eso sería muchísimo.

Feliz 2020 a todos.

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2018: Yo sobreviví a un año de mierda

El pasado verano, inmerso en una vorágine de cosas, una muy buena amiga me dijo mientras cenaba en su casa: cuando acabe el año, me imprimiré una camiseta que diga “Yo sobreviví a un año de mierda”. Podría ser una buena síntesis de lo que ha supuesto el 2018 para mi.

O igual es injusto calificarlo como año de mierda. Pero ha sido el año en que la vida ha empezado a enseñarme su verdadero lado oscuro. Y es que no es hasta entonces cuando te das cuenta que todo lo que te has amargado en el pasado ha sido por puras pamplinas. Este año ha sido un año donde se ha perdido la salud en el seno de mis seres queridos, donde la ansiedad y los problemas emocionales han sido la tónica diaria y donde me he dado cuenta que todo lo que yo me imaginaba hace diez años que yo sería en el futuro era una simple utopía irrealizable. La realidad me ha golpeado fuerte, y encima tengo que estar agradecido, porque todo es susceptible de ser bastante peor.

Es difícil sonreír cuando acabas un año así, desorientado, sin un proyecto de vida y sin saber hacia donde vas ni para que sirves. Pero a cambio de sufrir, el año que en pocas horas se acaba me ha dejado algunos regalos, como conocer a gente muy especial, reconectarme con mis raíces y con una parte de mi que había enterrado y casi olvidado. Me he dado cuenta que en mis orígenes hubo muchas cosas bonitas y que de todo eso algo queda.

Me cuesta encarar el nuevo año con optimismo, le tengo miedo. No sé que ocurrirá, pero sea lo que sea, espero tener herramientas para gestionarlo.

A pesar de todo, os deseo, a los que leáis esto, una muy buena entrada en el 2019 y que el nuevo año os depare cosas bonitas.

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2017: El año en que aprendí

Hace algunos meses, estaba en una de mis sesiones con mi psicoterapeuta y le dije:

– Cuando tenga que darle un título al 2017, será el año en que no pasó nada

A lo que ella me respondió:

– Menuda forma de agredirte a tí mismo ¿no?

Puede que tuviera razón. El año que he dejado atrás no ha sido un año marcado por historias significativas, pero ha sido un año en que he aprendido muchas cosas.

He aprendido que no siempre se puede complacer y que lo que puedo dar, es bueno por el hecho de darlo.

He aprendido que es mejor que algo a mi alrededor esté mal y yo esté bien a que todo a mi alrededor esté bien y yo esté mal.

He aprendido a lanzarme a la piscina… de palito y con miedo, pero me lanzo.

He aprendido a no dar.

He aprendido que regodearse en la pena esperando a que venga un salvador no sirve de nada.

Y más cosas que como suele ocurrir cuando escribo estos posts, no me acuerdo.

También ha sido el año en que he vuelto a tocar con mi antiguo grupo, el año en que he vuelto a volar en una montaña rusa, el año en que han surgido nuevos propósitos y el año en que definitivamente, he sentido que por fin mi cuerpo y mi mente están casi a la par de mayores.

Aunque este año haya roto la tradición y haya escrito el post después de las uvas: Gracias 2017, que el 2018 venga como tenga que venir, ya lo gestionaré… y aprenderé.

Besos y abrazos.

 

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Los Putos Veranos

Siempre he odiado el verano.

Vivo en una tierra donde en los meses centrales del año se alcanzan unas temperaturas insoportables y en donde absolutamente nada está adaptado a las necesidades que tienen las personas que deben aguantar esta climatología. En verano hace calor, me agobio, sudo mucho y no me apetece hacer nada excepto aquello que me ayude a aliviar el calor.

De niño había alguna cosa buena: el no tener colegio, el tener todo el tiempo del mundo para jugar o hacer el gamba… no estaba mal. Pero quitando eso, mis veranos en su mayoría han tenido siempre “algo” que lo han convertido en una época asquerosa y tediosa en la que lo único que he querido es que el tiempo pasara muy deprisa.

Recuerdo mis veranos de principios de los noventa, quizá fue el de 1991 o 1992 cuando yo era un niño… había una vecina que se llevaba fatal con mi madre y su hija, que nunca salía a la calle, empezó a salir todas las tardes con el único objetivo de vetarme en los juegos de los niños del barrio… y por supuesto los niños del barrio me vetaban encantados… gajes de ser el tonto del barrio. Me pasé todo ese verano viendo desde la ventana de mi casa como los niños jugaban en mi calle sin yo poder jugar.

Luego recuerdo algunos veranos de finales de los noventa en los que algún malentendido con algún amigo o amiga hacía que yo no fuese bienvenido en sus reuniones y por tanto, también me quedaba ese verano todo el día metido en casa de mis padres… hasta entonces lo único que podía hacer, aparte de estar en mi casa, era ir a la playa los domingos… en plan dominguero… me da escalofríos solo de pensarlo.

Y luego llegó la Universidad y mi partida a Sevilla… y llegaron lo que yo llamo “Los veranos de Harry Potter”. Me tiraba todo el año en Sevilla y entre la Universidad y alguna que otra salida socializaba y era feliz, pero para ahorrar costes me tenia que volver a casa de mis padres en verano y aguantar dos terribles meses en esa puta ciudad muerta en la que nací. Me sentía como cuando Harry Potter dejaba Hogwarts para pasar el verano en casa de sus tíos.

Y cuando empecé a trabajar mis días de vacaciones se redujeron drásticamente, así que mi única opción, quitando el viajecito de rigor en vacaciones, es aguantar el calor infernal de Sevilla. El año pasado además me pasé todo el verano con el corazón roto y sangrando…

Así que fijense el cariño que le tengo a esta época que se acerca…

Con todo, hubo algún que otro verano donde los astros se juntaron y que nunca olvidaré… el de 2012 no estuvo mal, el de 2008 tampoco, el de 2001 también moló porque me emborraché mucho… y el de 1999

Ay Dios… si yo volviese a sentirme como me sentí aquel verano del 99…

Quien sabe.

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¿Qué es lo que ven?

En un mundo donde prima el intercambio de fluidos ¿qué ven en quien no tiene fluidos que intercambiar?

En un tiempo en el que nadie es fiel a sus sentimientos ¿qué ven en alguien que intenta serlo?

En un grupo social donde prima el puro placer físico ¿qué ven en quien no es capaz de dar eso?

En un mundo donde no existe el amor ¿qué buscan en alguien que está deseando dar todo aquello que nunca ha tenido oportunidad de dar?

¿Qué buscan? ¿Qué es lo que ven? ¿Qué esperan conseguir? ¿…?

Me siento tan estúpido.

Daniela Simmon – Pas pour moi (Eurovision 1986)

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