La Música y la Vida

Si alguna vez has seguido este blog, te habrás dado cuenta de que con el comienzo de cada año, mi alma de blogger renace para ir diluyéndose durante el año. Con la intención de que no se diluya mucho en el 2016, he decidido rescatar un post que empecé a escribir el 22 de Enero de 2015 y dejé a medias, y he querido rescatar para hoy, y complementarlo para vosotros…

Escrito originalmente el 22 de Enero de 2015…

«Hoy es una noche más de varias que llevo en las que mi salud está tocada. Levemente sí, pero tocada igualmente… Mira que me gusta el invierno, pero cuando vives en una casa congelador como la mia es fácil que tus vias respiratorias acaben afectadas y así llevo una semana ya. Me había propuesto escribir un post sobre un grupo de música, pero se me han pasado las ganas. Ahora prefiero hablar sobre música en si.

Hará unos tres meses o así, en el transcurso de mis sesiones de terapia Gestalt conocí lo que eran los eneatipos. No voy a profundizar en eso ahora, sólo diré que es un sistema de clasificación de la personalidad como muchos otros que existen, y en este sistema se contemplan nueve tipos del uno al nueve. Pues bien el mio es el cuatro, y cuando me puse a leer las características del eneatipo vi que lo titulaban «El Artista».

Yo no me considero un artista, más bien un admirador del arte. Y concretamente de uno de ellos: la Música. Recuerdo perfectamente cuando fui consciente de ello: tenía 14 años recién cumplidos y era una de las muchas tardes de verano sin nada que hacer en la que me lamentaba de lo malo que era el mundo conmigo (y mis amigos… que se habían juntado para echar la tarde en el parque y no me habían llamado). Este tipo de tardes, con los años vería, son casi el DNI de los eneatipo cuatro como yo, pero eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. Pues bien, esa tarde en que me lamentaba de mi suerte, me planté en un radiocassette muy cutre una cinta con dos canciones del grupo The Corrs (alguien los recuerda?), concretamente «Runaway» y acto seguido «The Right Time». Escuchando esas canciones me evadí completamente de mi situación y de pronto mi estado anímico recibió un chute de adrenalina que me duró varias horas. Fue ahí donde me dí cuenta del poder que la música tenía sobre mis emociones.

Nótese que las canciones mencionadas son bastante cursis y es que yo no he tenido a ningún mentor musical que me culturizase como es debido en este tema. Eso hace que a día de hoy me enganche a grupos de los 70 y 80 que en el mejor de los casos dan algún concierto a día de hoy, en el usual están inactivos o separados y en el peor tiene algún que otro miembro ya muerto.

Durante mi infancia todo lo que escuchaba era el chicle-pop que escuchaban mis hermanas de la radio (o las cintas de casette revenidas de flamenco que tenía mi padre amontonadas en una bolsa del Continente…). De esa época recuerdo especialmente cuando mi hermana, la mediana de los tres, se metía en lo que después sería mi habitación a estudiar y yo me iba a pasar las tardes con ella por dos motivos: porque tenía la radio puesta y porque tenía un bote enooorme de rotuladores con los que me dejaba pintarrasquear un folio. En la radio había un grupo que sonaba más habitualmente que el resto: Mecano. Probablemente sea el único grupo español que me gusta en serio  y lo único que ha perdurado entre mis gustos musicales actuales de aquellos años.

Luego llegó la adolescencia y empecé a desarrollar esa personalidad con el constante dilema de querer ser como los demás, pero hacer cosas a contracorriente. Tras un breve contagio con las Spice Girls (aún me cuesta asumir que mi cuñado, jeviata de pro, llegó a regalarme una camiseta de las pedorras esas… y me la llegué a poner)

… Y aquí continúo con el post, el 16 de Enero de 2016 🙂

Pues si, con 14 años mi cuñado me regaló una camiseta de las Spice Girls, y si… me la puse!! Espero que nadie use esto en mi contra, la adolescencia (y más de una persona como yo) tiene estas cosas. Mamarrachadas aparte, en mi entorno del instituto solo recuerdo a niñas escuchando al Alejandro Sanz y el puñetero «Corazón Partío», y a niños escuchando a los Prodigy… amén de que, como me crié en esa suerte de ciudad fallida llamada Jerez de la Frontera, se llevaba mucho lo castizo y triunfaba un disco de los «Maita Vende Ca» que era lo más cani y cateto que había escuchado en años. Y yo, desde el viaje de fin de curso de 8º de EGB y me enganché a The Corrs, que habían editado su primer disco en España ese mismo año (aunque lo grabaron y lanzaron en Europa dos años antes). Entre ese disco y el mítico «Talk On Corners» que les dio la fama mundial, The Corrs marcaron mi adolescencia, y entre adolescentes con carpetas forradas de Alejandrito y muchachitos vestidos con el look de los Prodigy, yo osé poner en una esquinita de mi cartapacio una fotos con la portada del segundo disco de The Corrs… y así me acompañaron ellos durante mis cuatro años de instituto, entre algunos discos que compraba por aquel entonces y que no revelaré aquí… solo dire que la influencia de haberme criado entre mujeres y sin nadie que me «mentorizara» en la música hizo mucho daño en mis influencias de entonces.

Quizá mi primer destello de madurez musical, que no la madurez en sí lo tuve cuando vi con mi amiga Isa el video de una boda… un video hortero y cursi como el que mas. Lo llamativo de ese video fue que en un momento del mismo, mientras los novios hacían un horrible y cursi posado en una playa y daban vueltas cual corro de la patata, al montador se le ocurrió poner de fondo «Man In The Rain» de Mike Oldfield. Me cautivó tanto dicha canción, que acabé pidiendo el disco que lo tenía (Tubular Bells III) para mi cumpleaños. Si bien este disco es de lo más olvidable del artista inglés, el mismo me ayudó a introducirme en su música poco a poco y haciendo marcha atrás… del Tubular Bells III pasé al II que se convirtió en la banda sonora de una época muy convulsa de mi vida, y más hacia atrás, conecté con Tubular Bells, luego Ommadawn, luego Hergest Ridge y… tachán!! mi primer contacto con el Rock Progresivo había sucedido.

Mike Oldfield marcó mucho mis primeros años de la universidad. En aquellos años en los que me sentía un verdadero don nadie y en los que parecía que mi vida estaba hipotecada a sacarme una carrera que curaría todos mis males, escuchar aquellas guitarras, aquellos punteos de las obras iniciales, aquella voz de Maggie Reilly en el Moonlight Shadow y To France, o Barry Palmer en «Crime Of Passion», eran mi terapia particular en aquellos años.

Pero la madurez musical llegó precisamente en cuarto de carrera. Ese año entré a vivir (por fin!) con un amigo de la carrera y buscamos a un tercer compañero de piso el cual solo estuvo un año, pero tenía un gusto musical bastante más exquisito que yo, sumido en mi talibanismo Oldfiano… y aun recuerdo cuando al instalarse en el piso sacó un póster enorme… jamás olvidaré ese poster:

Nunca había conocido a nadie en la carrera que adorase tanto a David Bowie. Me definió su devoción hacia él como «su punto friki» y empezó a hablarme tanto de el en los meses de conviencia que un día le dije «oye… ¿me grabas una selección de sus canciones?» y me la grabó. De regalo me pasó toda la discografía de Queen adjunta, empecé a escuchar dicha selección, con su «Life On Mars», su «Changes», su «Rebel Rebel», «Ashes To Ashes»… y de camino el «I Want It All», el «Great King Rat», el «Innuendo», el «I Want To Break Free» de Queen, y ese punto de unión entre ambos que fue el «Under Pressure». Me cautivó todo tantísimo que mi talibanismo oldfiano se borró de un plumazo, y de ahí descubrí la grandeza de la música de los 60 y 70, y aunque hay bandas más representativas del rock de toda la vida quizá, para mi estos dos artistas dueron los que me acercaron al rock… definitivamente.

La universidad siguió su curso, y gracias a esto descubrí muchos grupos y empecé a diversificarme, hasta que otro punto de inflexión lo marcó el año 2009, cuando fui por primera vez en mi vida a un gran concierto de rock… mejor dicho de metal, porque con la excusa de ir con amigos del trabajo, me planté en Madrid a ver a Metallica. Yo nunca había siso seguidor del metal, pero es increible lo que me moló ver a aquella banda en directo y escuchar sus discos. Y sorprendentemente, lo que más me molaban eran sus discos antiguos, ese «Kill em all» o el «Ride The Lightning» amén del «Master Of Puppets». Es increible el subidón de adrenalina que te mete escuchar esa música y escucharlos me abrió la puerta a otros como Megadeth, Anthrax y los grandes Iron Maiden… y en el 2010 pude ver a los AC/DC en directo cuando vinieron a Sevilla. Definitivamente el rock había calado en mis venas… desterrando cualquier atisbo de aquel adolescente que se puso una camiseta de las Spice Girls.

Y así llego al 2011, que es cuando tuve mi primer contacto con las cuatro cuerdas. No voy a entrar en esa historia de nuevo, si a alguien le interesa, la escribí aquí: Un Sueño de Cuatro Cuerdas. Empezar a tocar música, en lugar de solo escucharla, me abrió una nueva dimensión antes desconocida pues empiezas a distinguir detalles y matices que antes no distinguía.

Desde entonces mi relación con la música ha sido más intensa que nunca, y en gran parte debido a que he podido canalizar mis sentimientos tocando alguna canción, a pesar de mis fallos, mi falta de práctica e inexperiencia. A los pocos meses de empezar a tocar contacté con el germen del que sería mi primer grupo de música, en el cual descubrí muchas cosas buenas, pero también que música es la que no me llegaba (lo siento, pero no conecto nada con el Indie Pop) y fue ahí donde el rock progresivo volvió con fuerza para quedarse y ser uno de los géneros centrales de mi gusto musical a día de hoy.

Así descubrí a grupos como Yes, King Crimson, Genesis, Porcupine Tree… y descubrí el lugar en el que quería estar… o quizá sea una parada más en este viaje 🙂

Acerca de ajriver

Soy el resultado de todas las decisiones que he tomado en mi vida... y aunque me haya equivocado muchas veces, no me arrepiento de ninguna de ellas
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