Lo siento, Verónica

Hace menos de dos días que se ha suicidado Verónica Forqué. Una de las actrices más reconocidas del cine español.

No es el primer suicidio, ni desgraciadamente el último. Tampoco era una persona cercana a mi, simplemente era una persona famosa que ha formado parte de muchas series y películas que vi en mi infancia y adolescencia, y ya solo por eso, me da pena que se haya muerto, y que haya sido de esa manera.

Me da rabia y me deja muy tocado cuando alguien fallece por circunstancias no naturales. Me da la sensación de que si las cosas se hubieran hecho de otra manera, esa persona estaría viva aún y me repatea esa sensación. Y es por eso que hoy me han entrado ganas de escribir en este blog, en el que escribo tan poquísimas veces en el año, para compartir algunas reflexiones sobre su suicidio:

A Verónica Porqué nadie la vio venir. A Alberto tampoco.

El caso de Verónica Forqué me ha recordado al de Alberto, cuyo verdadero nombre prefiero no revelar. Conocí a Alberto en el cumpleaños de una amiga allá por 2014 y recuerdo lo mucho que me deslumbró. Yo era un panoli recién salido del armario como quien dice y Alberto era una persona que tenía muchísimo recorrido: abiertamente bisexual, muy seguro de si mismo y tremendamente sociable. Lo veías como vestía y como se expresaba con esa seguridad… que unido a una tez morena maravillosa y al hecho de ser bastante guapo lo convertía en alguien irresistible. Alberto venía de viajar y vivir por varios países, se iba a vivir al centro de Sevilla y había fichado por una tienda de una marca de lujo en el centro para trabajar allí de dependiente. La vida le sonreía, o al menos eso parecía.

Yo me sentí muy pequeño al lado suya (cosa que no es raro que me ocurra con el 98% de las personas, pero en este caso me sentía especialmente pequeño) y al mismo tiempo me sentía muy atraído por él. En los meses posteriores a veces pasaba por delante de aquella tienda de lujo y me paraba a ver si lo veía… y allí estaba él, atendiendo a los clientes con aquella sonrisa y aquella planta tan irresistible.

Un tiempo después. en 2016, y tras haber dejado de ver a Alberto en esa tienda y perderle de vista, vi un post de Instagram de un contacto que teníamos en común, con un tono de duelo y en el que aparecía un chico en la foto cuya cara me sonaba muchísimo. Indagué un poco y descubrí que era Alberto. A través de la amiga en cuyo cumpleaños lo conocí supe lo que había pasado:

Alberto se había ahorcado en un árbol de un parque muy frecuentado por familias en el norte de la ciudad.

De las causas que lo llevaron a hacer eso me enteré muy por encima y vagamente… de todos modos no era un asunto de mi incumbencia. El tema es que no lo vi venir, y probablemente muchos de su entorno tampoco. Alberto parecía tenerlo todo y vivir una vida plena… pero no era del todo así.

A día de hoy sigo visitando a veces el perfil de Instagram de Alberto, que sigue activo y es público. Su último post fue publicado semana y media antes de ahorcarse. Aún me da escalofríos ver ese post.

A Verónica Forqué la mató su sonrisa

Verónica siempre sonreía en todas sus fotos y apariciones públicas.

Todo lo contrario a mi.

Cuando me hago (o me hacen) una foto y la subo a las redes sociales, casi nunca sonrío, y lo hago porque me parece absurdo fingir una sonrisa. Si sonrío en una foto es porque algo o la situación en sí me hace sonreír, pero si no es el caso, simplemente salgo con mi gesto natural, más cálido o más tosco, pero el que tenga en ese momento.

Pues aún así, no son pocas las veces que me dicen «hijo, sonríe un poquito ¡que menuda cara de sieso me sacas en las fotos!» y yo siempre respondo igual «no tengo que ocultar nada tras una sonrisa».

Esta lucha mía con las sonrisas de las fotos es una lucha contra algo que aprendí en los más de 7 años que llevo yendo a terapia y que en mi opinión, se ha convertido en un auténtico cáncer social: la desconexión emocional.

Estamos desconectados y vivimos desconectados de nuestras emociones, especialmente de las chungas. Está penado y mal visto estar tristes y mostrarse tristes, o miedosos:

  • Si empiezas un trabajo nuevo solo se acepta que digas que lo aceptas como un reto y que irás a por todas. Nada de decir que estás cagado con las dificultades que puedan venirte.
  • Si te diagnostican un cáncer, solo se acepta que digas que vas a luchar y que el bicho no podrá contigo, nada de decir que tienes miedo a morir y a que el tratamiento no funcione.
  • Si te hacen una foto, no puedes salir de otra manera que no sea sonriendo.

En resumen, está mal visto conectarse con las emociones, y promocionamos eso día sí y día también a través de ese demonio llamado Instagram… o a través de cualquiera de las aplicaciones de esos avernos llamados Meta, Google o vete tú a saber.

Estamos desconectados porque la sociedad nos obliga y nos estigmatiza si no lo hacemos… pero las emociones están ahí. Y si no te conectas con ellas, un día te pueden pasar factura. A veces demasiado cara.

Verónica Forqué le caía bien a todo el mundo.

Era un encanto… una voz super dulce y un carácter cálido. Saber que Verónica iba a un programa era saber que ibas a pasar un rato agradable viéndola, como casi en familia. Salvo lo que pasó en Masterchef claro… que eso ya da para otro post.

Pero caer bien a veces es una losa. Una demasiado pesada diría yo.

A veces caemos tan bien a los demás, y transmitimos tanta bondad y buen rollo que lo único que recibimos de vuelta es indiferencia. Te conviertes en ese perrito agradable que siempre que le pases la mano te va a dar lametones y se va a frotar contra ti.

No hay nada malo que pueda pasar si ignoras o ninguneas al que siempre cae bien. Es todo corazón y lo aceptará sin problemas… o incluso no dará por saco para no generar desasosiego.

No hay que preocuparse de alguien que cae bien: si caen bien es porque están bien… aunque le peguen patadas en la barriga y les metan un palo por el culo. Total, no se va a romper.

Hasta que un día, se rompe.

Lo siento mucho Verónica. Ojalá encuentres La Paz que te negaron en este mundo.

Acerca de ajriver

Soy el resultado de todas las decisiones que he tomado en mi vida... y aunque me haya equivocado muchas veces, no me arrepiento de ninguna de ellas
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